

Llegué a la galería con cierta prevención. Había oído que merecía la pena conocer la obra de Juan J. Vicente, al que yo desconocía por completo, y he de reconocer que tantos elogios generaban en mí desconfianza. Me ha ocurrido otras veces: mis expectativas llegan a ser tan altas que después la realidad está muy por debajo de ellas.
Sabía que su primera exposición colectiva fue en la sala de exposiciones del hotel Costa Casca en San Sebastián, allá por el año 1996, y la primera individual en la Casa de Guadalajara de Madrid, en 1995, y que había recibido varios premios y distinciones por toda la geografía española; es decir, que llevaba una larga trayectoria a sus espaldas pero, aun así, como tengo una naturaleza escéptica y desconfiada, preferí juzgar por mí misma.
Antes de entrar, miré por el escaparate y vi una sala luminosa en cuyas paredes destacaban unas sombras rectangulares que destacaban por una amplia variedad de grises y ocres. Bajé las escaleras y observé a mi alrededor. Inmediatamente llamó mi atención un cuadro que representaba una carretera recta flanqueada por un paisaje envuelto en la luz onírica del atardecer o quizá del amanecer. Me sentía incapaz de apartar la mirada; era como asomarme por una ventana desde la que pudiera ver un instante de uno de esos sueños vívidos que, tras despertarnos, se empeñan en permanecer en la memoria y nos dejan un poso de melancolía; no podía apartar la mirada de él, observando cómo la carretera se perdía en un horizonte, que se adivinaba más que se veía, un lugar en el que sólo estaba el espectador, ya que no aparecía ninguna figura humana. Como una metáfora de la vida, fragmentos atemporales donde acaba un ciclo y comienza otro, cuyo fin no logramos ver pero que adivinamos, a lo lejos, con esperanza.
Me acerqué y, para mi sorpresa, vi que no era un lienzo, luego pude comprobar que todos ellos estaban pintados sobre madera. Seguí observando cada uno de ellos y todos, en mayor o menor medida, despertaban sensaciones parecidas; así que transcurrió más tiempo del que tenía previsto invertir en aquel evento, pero no podía perder detalle.
Aquí, una vista lejana de Madrid, allí, una estación de trenes de la que nacen unas vías hipnóticas que obligan a recorrerlas con la mirada hasta el punto lejano en que parecen unirse; algo más allá, otra carretera discurriendo entre edificios soñolientos, un poco más lejos, otra estación habitada por trenes que parecen llegar desde un tiempo pasado, cuando el mundo era de color sepia y crema. Cuando me fui, tenía dos cosas muy claras: tengo que volver antes de que termine la exposición el 17 de noviembre y voy a hacer lo posible por conseguir ver otras obras de este autor que, ahora, siento no haber conocido antes.
Artículo publicado en Nueva Opinión en 2007.
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