lunes, 26 de octubre de 2009

EL GATO SOBRE LA CACEROLA DE LECHE HIRVIENDO


Los que tenemos la suerte de haber disfrutado con algún artículo o relato anterior de Manuel Valera, al comenzar la lectura de esta obra sabemos que vamos a encontrar en ella humor, ingenio y un enorme talento, y que nos hará reír y sonreír, dejándonos la satisfacción interior que proporciona el Arte cuando se hace así, con A mayúscula.

El gato sobre la cacerola de leche hirviendo no sólo no defrauda nuestras expectativas, sino que las sobrepasa de forma muy amplia. En el escenario imaginado por un autor, los personajes de una historia aún no escrita intentan encontrar su camino y su papel en ella, de la misma forma que nosotros intentamos vivir nuestras vidas de la mejor forma posible.

La historia se desarrolla entre situaciones y diálogos casi siempre absurdos, pero que mantienen la coherencia en todo momento, y pronto el lector empieza a percibir que lo narrado no es sino un reflejo ligeramente deformado de nuestra realidad.

A primera vista nos puede parecer que el autor no tiene buena opinión del ser humano, en general los personajes son bastante estúpidos y tienen la costumbre de tomarse demasiado en serio su papel, pero también existen individuos como Sirfrido, fumador de pipa que no da nada por sentado, ni asume las supuestas verdades de los que se erigen en guías de la mayoría en nombre de la autoridad que aseguran tener, y que muestran la ausencia de argumentos reales que sustenten su afirmaciones, al utilizar la violencia para coaccionar a todos los que se atrevan a no acatar sus órdenes.

El gato sobre la cacerola de leche hirviendo es una metáfora sobre nuestra sociedad y cómo vivimos en ella, y Manuel Valera nos invita a replantearnos quiénes queremos ser, un número obediente bajo el mandato del Don Dindón de turno o una persona libre, con nombre propio, que pueda disfrutar del eterno atardecer si realmente lo desea.

Sin duda es un libro que debemos tener en nuestro estante de favoritos y releer de vez en cuando, porque nos colmará si buscamos humor, reflexión o cualquiera de las múltiples emociones que es capaz de provocarnos.

miércoles, 7 de octubre de 2009

KAFKA EN LA ORILLA


Haruki Murakami no es muy conocido, es uno de esos raros autores a los que no les gustan las entrevistas ni aparecer en los programas de televisión, incluso hay pocas fotografías suyas circulando por ahí. Es un hombre sencillo, amante del jazz y los gatos, que aspira a disfrutar de una vida tranquila, e incluso, como manifiesta en una de las raras entrevistas que ha concedido, le gusta poder viajar en el metro de cualquier gran ciudad sin que nadie le reconozca. Nació en Kioto, Japón, pero actualmente reside y trabaja como profesor de universidad en Estados Unidos.

Llegué a su obra hace apenas unos meses, me lo recomendó mi librero favorito y me llevé a casa un ejemplar de bolsillo de Kafka en la orilla que, con quinientas ochenta y cuatro páginas, me hizo preguntarme una vez más de qué tamaño son los bolsillos de los editores. Inmediatamente empecé a ojearlo y no pude soltarlo en varias horas. Al principio no parece una historia extraordinaria, nos habla de un chico de quince años que se marcha de la casa de su padre y llega a una biblioteca de otra ciudad donde, como por pura casualidad, le alojan. Al mismo tiempo, nos cuenta las aventuras de un anciano, peculiar y desmemoriado, que tiene la capacidad de hablar con los gatos y aparentemente no tiene relación con el chico. Pero las cosas no son lo que parecen, sin darnos cuenta, poco a poco, entramos en un mundo donde sueño, realidad y magia se unen, mostrándonos un destino ineludible y regido por fuerzas que los personajes no conocen ni comprenden.

Los occidentales tendemos a pensar que nuestra cultura es el no va más; de pronto aparecen orientales como Murakami, conocedor de su mundo y el nuestro, y nos descubren formas de expresión y pensamiento que siembran la duda. Con sólo acercarse un poco a su historia o su arte, resulta evidente en los japoneses una preocupación por la estética y la ética que abarcan entorno y relaciones, siendo parte de este hecho la conocida cortesía de que hacen gala y la permanencia de unos valores morales que, aunque ya debilitados en general, recuerdan aún los tiempos feudales de los caballeros samuráis. Es verdad que son en lo esencial como nosotros, seres humanos con debilidades y virtudes, pero también es cierto que están integrando la invasión cultural de occidente, especialmente de Estados Unidos, en su propia cultura, mucho más antigua, y como resultado aparecen joyas como Kafka en la orilla, que posee elementos de la tragedia clásica junto a creencias tradicionales de Japón.

Existen otros títulos de este autor en los que no aparece el elemento mágico y muchos lectores manifiestan que los prefieren, pero a mí me fascina la naturalidad con la que integra dicho elemento en el relato, sobre todo teniendo en cuenta que él se define como un hombre realista que no cree en magias ni supersticiones en general. Por su culpa tengo el deseo de viajar un día a Japón a escuchar "Tokio Blues" cerca del mar, junto a "Kafka en la orilla", mientras nos observa "El pájaro que da cuerda al mundo".