miércoles, 7 de octubre de 2009

KAFKA EN LA ORILLA


Haruki Murakami no es muy conocido, es uno de esos raros autores a los que no les gustan las entrevistas ni aparecer en los programas de televisión, incluso hay pocas fotografías suyas circulando por ahí. Es un hombre sencillo, amante del jazz y los gatos, que aspira a disfrutar de una vida tranquila, e incluso, como manifiesta en una de las raras entrevistas que ha concedido, le gusta poder viajar en el metro de cualquier gran ciudad sin que nadie le reconozca. Nació en Kioto, Japón, pero actualmente reside y trabaja como profesor de universidad en Estados Unidos.

Llegué a su obra hace apenas unos meses, me lo recomendó mi librero favorito y me llevé a casa un ejemplar de bolsillo de Kafka en la orilla que, con quinientas ochenta y cuatro páginas, me hizo preguntarme una vez más de qué tamaño son los bolsillos de los editores. Inmediatamente empecé a ojearlo y no pude soltarlo en varias horas. Al principio no parece una historia extraordinaria, nos habla de un chico de quince años que se marcha de la casa de su padre y llega a una biblioteca de otra ciudad donde, como por pura casualidad, le alojan. Al mismo tiempo, nos cuenta las aventuras de un anciano, peculiar y desmemoriado, que tiene la capacidad de hablar con los gatos y aparentemente no tiene relación con el chico. Pero las cosas no son lo que parecen, sin darnos cuenta, poco a poco, entramos en un mundo donde sueño, realidad y magia se unen, mostrándonos un destino ineludible y regido por fuerzas que los personajes no conocen ni comprenden.

Los occidentales tendemos a pensar que nuestra cultura es el no va más; de pronto aparecen orientales como Murakami, conocedor de su mundo y el nuestro, y nos descubren formas de expresión y pensamiento que siembran la duda. Con sólo acercarse un poco a su historia o su arte, resulta evidente en los japoneses una preocupación por la estética y la ética que abarcan entorno y relaciones, siendo parte de este hecho la conocida cortesía de que hacen gala y la permanencia de unos valores morales que, aunque ya debilitados en general, recuerdan aún los tiempos feudales de los caballeros samuráis. Es verdad que son en lo esencial como nosotros, seres humanos con debilidades y virtudes, pero también es cierto que están integrando la invasión cultural de occidente, especialmente de Estados Unidos, en su propia cultura, mucho más antigua, y como resultado aparecen joyas como Kafka en la orilla, que posee elementos de la tragedia clásica junto a creencias tradicionales de Japón.

Existen otros títulos de este autor en los que no aparece el elemento mágico y muchos lectores manifiestan que los prefieren, pero a mí me fascina la naturalidad con la que integra dicho elemento en el relato, sobre todo teniendo en cuenta que él se define como un hombre realista que no cree en magias ni supersticiones en general. Por su culpa tengo el deseo de viajar un día a Japón a escuchar "Tokio Blues" cerca del mar, junto a "Kafka en la orilla", mientras nos observa "El pájaro que da cuerda al mundo".

No hay comentarios:

Publicar un comentario