Leibniz decía que el nuestro tiene que ser el mejor y más equilibrado de los mundos posibles ya que fue creado por un dios perfecto, y se quedó tan a gusto el hombre. A Voltaire, no sabemos por qué, esta afirmación le pareció una tontería, así que, en lugar de insultarle y echar pestes de él en Internet como se hace hoy día, quizá porque este medio no existía en el siglo XVIII, escribió un cuento sobre la vida de un joven optimista e inocente, llamado Cándido por su ingenuidad, al que le ocurren todo tipo de desgracias, acompañado por el Dr. Pangloss, su preceptor, reflejo de Leibniz, quien repite a lo largo de toda la obra que viven en el mejor de los mundos posibles, mientras encuentra delirantes justificaciones a las dificultades encontradas.Voltaire era un revolucionario, quería cambiar el mundo en el que vivía y lograr una sociedad más libre, justa y tolerante, y eligió una forma de atacar a la autoridad y las instituciones de su tiempo, contra la que nada se puede hacer según dijo Mark Twain: la risa. Este medio es, además, una forma de hacernos pensar, de no dar nada por supuesto, de cuestionarnos cualquier afirmación manifestada por cualquier persona aunque sea reconocida como experta en algún tema. Al igual que Leibniz, que tenía una enorme capacidad intelectual, podía equivocarse, no hay nadie infalible, y basta con ver un debate de expertos emitido por alguna televisión, cuestionándonos la veracidad de lo que se allí se afirma, para encontrar sandeces dichas, eso sí, con gran solemnidad.
La risa es una forma de ataque demoledora, al ridiculizar a alguien se despoja de valor a cualquier declaración hecha por esa persona, y este recurso, llamado psicologización en psicología social, es bien conocido por políticos y periodistas de nuestro tiempo. Supongamos, por ejemplo, que un dirigente político propusiera la jornada laboral de treinta horas semanales; sus oponentes y diversos expertos en economía podrían rebatir la posibilidad de su puesta en práctica con argumentos y datos bien documentados o, por otra parte, si estos últimos no existieran, fuesen impopulares o resultase incómodo y trabajoso buscarlos, la mejor forma de que la mayoría de la población no tuviera en cuenta una propuesta tan tentadora, sería repetir hasta la saciedad que el político en cuestión es un visionario, un loco y vive fuera de la realidad. Si se desea se pueden encontrar ejemplos muy parecidos a éste en la prensa y los programas de humor en televisión y radio, tanto en años anteriores como en la actualidad.
Leí en una ocasión que los esquimales, cuando aún vivían según sus tradiciones, resolvían sus conflictos por medio de canciones en las que atacaban verbalmente al oponente, ante un grupo de espectadores que premiaba al cantante con mayor ingenio y que más les hubiese hecho reír, algo así como un concurso de rap humorístico. Se me ocurre que sería estupendo ver un duelo musical de esos entre Zapatero y Rajoy, no habría quién me despegase del sillón que hay frente a mi televisor mientras durase, aunque tengo mis serias dudas, dado el “gracejo” de ambos, sobre si no me provocarían, en cambio, un llanto desconsolado o un sopor insoportable, y es que no todo el mundo tiene la capacidad de hacer reír. Voltaire en esto era un maestro y por eso fue capaz de transmitir sus ideas hasta nuestros días; mientras provoca nuestra carcajada nos obliga a reflexionar sobre el mundo en que vivimos, actividad muy necesaria en una sociedad cómoda y adormecida como la nuestra.
