
Vivimos en la sociedad de la imagen; en estos tiempos de operaciones masivas de cirugía estética es muy importante adaptarse a la forma y el volumen que, según se nos dice desde los distintos medios, son en sí mismos la belleza, bien supremo al que todos, especialmente las mujeres, aspiramos aunque no lo sepamos, por eso las pantallas de televisión y los cines se llenan de hombres fuertes y decorativas mujeres, quedando así informados desde la infancia de lo importante que es, para alcanzar cualquier meta, tener un físico hermoso.
Muriel Barbery, sin embargo, escribe una historia y nos muestra que hay vida más allá de la silicona. Descubrimos a Renèe, portera cincuentona de un edificio de lujo en el que viven varias familias adineradas, quien es, según ella misma se describe:
"…viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tira de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante".
Convencida desde siempre de que con sus características no puede resultar socialmente atractiva, se refugia en los libros, lo que le proporciona conocimientos y herramientas para desarrollar su notable capacidad intelectual. Pero, temiendo incomodar a los habitantes del edificio en el que vive y trabaja, decide ajustarse a lo que se espera de una portera, logrando pasar desapercibida.
También conocemos a Paloma, una niña de doce años que vive en el mismo edificio y es hija de un ministro de izquierdas, posee una gran inteligencia y no se adapta a lo que su entorno quiere de ella, sintiéndose apartada por todos.
Es ésta una historia contada por las dos protagonistas, en la que la autora nos transmite sus reflexiones sobre la filosofía, materia de la que es profesora, la miseria, a través de los recuerdos de Renèe, y la pobreza espiritual de los ricos por medio de los personajes que viven en el edificio en el que transcurre la acción. También nos muestra cómo, en un mundo opulento y aparentemente informado, somos ciegos a todo lo que no sea imagen, incapaces de percibir en los demás la otra belleza, la que aumenta con el paso de los años, la que inspira a los grandes artistas de cualquier género y es capaz de conmover, a través de los siglos, a los seres humanos con espíritu sensible que saben ver más allá del valor crematístico de las cosas. Pero no sólo son los demás los que no saben valorar la brillantez de estas dos mujeres, ellas también, encerradas cada una en su caparazón contra la incomprensión ajena, pasan una junto a otra cada día sin verse realmente hasta que aparece un nuevo inquilino, el señor Ozu, que hace amistad con ambas y se convierte en el puente que las une.
Se trata, en definitiva, de la historia de dos bellas mujeres contada con inteligencia y humor, en un mundo lleno de estupidez adornada con dinero y con un final inesperado y conmovedor. También consigue algo, tras leer la última página, que hoy día pocas obras logran: la convicción de haber disfrutado de una hermosa obra de arte.
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