martes, 24 de noviembre de 2009

CÁNDIDO

Leibniz decía que el nuestro tiene que ser el mejor y más equilibrado de los mundos posibles ya que fue creado por un dios perfecto, y se quedó tan a gusto el hombre. A Voltaire, no sabemos por qué, esta afirmación le pareció una tontería, así que, en lugar de insultarle y echar pestes de él en Internet como se hace hoy día, quizá porque este medio no existía en el siglo XVIII, escribió un cuento sobre la vida de un joven optimista e inocente, llamado Cándido por su ingenuidad, al que le ocurren todo tipo de desgracias, acompañado por el Dr. Pangloss, su preceptor, reflejo de Leibniz, quien repite a lo largo de toda la obra que viven en el mejor de los mundos posibles, mientras encuentra delirantes justificaciones a las dificultades encontradas.

Voltaire era un revolucionario, quería cambiar el mundo en el que vivía y lograr una sociedad más libre, justa y tolerante, y eligió una forma de atacar a la autoridad y las instituciones de su tiempo, contra la que nada se puede hacer según dijo Mark Twain: la risa. Este medio es, además, una forma de hacernos pensar, de no dar nada por supuesto, de cuestionarnos cualquier afirmación manifestada por cualquier persona aunque sea reconocida como experta en algún tema. Al igual que Leibniz, que tenía una enorme capacidad intelectual, podía equivocarse, no hay nadie infalible, y basta con ver un debate de expertos emitido por alguna televisión, cuestionándonos la veracidad de lo que se allí se afirma, para encontrar sandeces dichas, eso sí, con gran solemnidad.

La risa es una forma de ataque demoledora, al ridiculizar a alguien se despoja de valor a cualquier declaración hecha por esa persona, y este recurso, llamado psicologización en psicología social, es bien conocido por políticos y periodistas de nuestro tiempo. Supongamos, por ejemplo, que un dirigente político propusiera la jornada laboral de treinta horas semanales; sus oponentes y diversos expertos en economía podrían rebatir la posibilidad de su puesta en práctica con argumentos y datos bien documentados o, por otra parte, si estos últimos no existieran, fuesen impopulares o resultase incómodo y trabajoso buscarlos, la mejor forma de que la mayoría de la población no tuviera en cuenta una propuesta tan tentadora, sería repetir hasta la saciedad que el político en cuestión es un visionario, un loco y vive fuera de la realidad. Si se desea se pueden encontrar ejemplos muy parecidos a éste en la prensa y los programas de humor en televisión y radio, tanto en años anteriores como en la actualidad.

Leí en una ocasión que los esquimales, cuando aún vivían según sus tradiciones, resolvían sus conflictos por medio de canciones en las que atacaban verbalmente al oponente, ante un grupo de espectadores que premiaba al cantante con mayor ingenio y que más les hubiese hecho reír, algo así como un concurso de rap humorístico. Se me ocurre que sería estupendo ver un duelo musical de esos entre Zapatero y Rajoy, no habría quién me despegase del sillón que hay frente a mi televisor mientras durase, aunque tengo mis serias dudas, dado el “gracejo” de ambos, sobre si no me provocarían, en cambio, un llanto desconsolado o un sopor insoportable, y es que no todo el mundo tiene la capacidad de hacer reír. Voltaire en esto era un maestro y por eso fue capaz de transmitir sus ideas hasta nuestros días; mientras provoca nuestra carcajada nos obliga a reflexionar sobre el mundo en que vivimos, actividad muy necesaria en una sociedad cómoda y adormecida como la nuestra.

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA ELEGANCIA DEL ERIZO


Vivimos en la sociedad de la imagen; en estos tiempos de operaciones masivas de cirugía estética es muy importante adaptarse a la forma y el volumen que, según se nos dice desde los distintos medios, son en sí mismos la belleza, bien supremo al que todos, especialmente las mujeres, aspiramos aunque no lo sepamos, por eso las pantallas de televisión y los cines se llenan de hombres fuertes y decorativas mujeres, quedando así informados desde la infancia de lo importante que es, para alcanzar cualquier meta, tener un físico hermoso.


Muriel Barbery, sin embargo, escribe una historia y nos muestra que hay vida más allá de la silicona. Descubrimos a Renèe, portera cincuentona de un edificio de lujo en el que viven varias familias adineradas, quien es, según ella misma se describe:
"…viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tira de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante".


Convencida desde siempre de que con sus características no puede resultar socialmente atractiva, se refugia en los libros, lo que le proporciona conocimientos y herramientas para desarrollar su notable capacidad intelectual. Pero, temiendo incomodar a los habitantes del edificio en el que vive y trabaja, decide ajustarse a lo que se espera de una portera, logrando pasar desapercibida.


También conocemos a Paloma, una niña de doce años que vive en el mismo edificio y es hija de un ministro de izquierdas, posee una gran inteligencia y no se adapta a lo que su entorno quiere de ella, sintiéndose apartada por todos.


Es ésta una historia contada por las dos protagonistas, en la que la autora nos transmite sus reflexiones sobre la filosofía, materia de la que es profesora, la miseria, a través de los recuerdos de Renèe, y la pobreza espiritual de los ricos por medio de los personajes que viven en el edificio en el que transcurre la acción. También nos muestra cómo, en un mundo opulento y aparentemente informado, somos ciegos a todo lo que no sea imagen, incapaces de percibir en los demás la otra belleza, la que aumenta con el paso de los años, la que inspira a los grandes artistas de cualquier género y es capaz de conmover, a través de los siglos, a los seres humanos con espíritu sensible que saben ver más allá del valor crematístico de las cosas. Pero no sólo son los demás los que no saben valorar la brillantez de estas dos mujeres, ellas también, encerradas cada una en su caparazón contra la incomprensión ajena, pasan una junto a otra cada día sin verse realmente hasta que aparece un nuevo inquilino, el señor Ozu, que hace amistad con ambas y se convierte en el puente que las une.

Se trata, en definitiva, de la historia de dos bellas mujeres contada con inteligencia y humor, en un mundo lleno de estupidez adornada con dinero y con un final inesperado y conmovedor. También consigue algo, tras leer la última página, que hoy día pocas obras logran: la convicción de haber disfrutado de una hermosa obra de arte.