martes, 22 de diciembre de 2009

ENTERRAD MI CORAZÓN EN WOUNDED KNEE

¿Quién no conoce la conquista del Oeste? Todos hemos visto en cine o televisión innumerables historias sobre los emprendedores hombres y mujeres que, en busca de tierras que cultivar, pastos para el ganado u oro, viajaban con sus enseres a través de millas y millas hasta encontrar el lugar adecuado y allí edificar sus casas, cultivar sus tierras, crear pueblos y construir minas. Con el tiempo llegó el ferrocarril, que atravesaba praderas infinitas y ayudó al progreso de una gran nación conocida como los Estados Unidos de América.

En la historia de este país no faltan heroicas referencias a los valerosos soldados que lucharon contra los salvajes indios que, sin piedad alguna, asesinaban colonos. Cómo no recordar al general Custer que murió con las botas puestas y las ocasiones en las que todo estaba perdido hasta que, de pronto, llegaba el Séptimo de Caballería y salvaba a los “buenos”. Es verdad que ahora es incorrecto decir indios, se llaman indígenas americanos, también es cierto que ellos estaban allí cuando llegaron los primeros europeos, pero ¿por qué se resistían al progreso? Eran salvajes, andaban casi desnudos por ahí, no tenían curas ni predicadores y vivían en pecado, tampoco explotaban los inmensos territorios en los que vivían, ¡ni siquiera utilizaban dinero!

Al parecer, cuando los peregrinos del Mayflower desembarcaron en la costa de lo que ahora es Massachusets, pronto se encontraron sin alimentos y hubieran muerto de hambre si no hubiera sido por unos indígenas que los encontraron y les dieron de comer pavo, de ahí su famoso Día de Acción de Gracias. Poco a poco llegaron más europeos que se encontraron con que los nativos no querían dejar sus tierras, ni siquiera venderlas, porque para ellos el dinero no significaba nada y, además, la relación que tenían con sus territorios era completamente diferente a la nuestra. La tierra, para ellos, no era una posesión sino el lugar al que pertenecían. La diferencia entre su conducta y la de nuestros antepasados conquistadores nos debería dar qué pensar sobre lo que ocurrió en realidad.

Tras muchos años de visión etnocentrista de las relaciones con los indígenas, en las que los europeos éramos los listos y buenos y ellos los estúpidos salvajes, a finales del pasado siglo aparecieron autores que se tomaron la molestia de escuchar la versión de los perdedores y documentarse, y aparecieron obras en las que se descubre una historia muy diferente. Ésta es una de ellas.

Es un libro duro porque muestra la verdad sin adornos ni excusas; en él nos explican, con datos y referencias a documentos oficiales, cómo fue el genocidio que se cometió en Estados Unidos contra los primeros pobladores del país, especialmente durante el siglo XIX, y que aún continúa aunque no se hable de ello. La demostración de esto es que los indígenas continúan viviendo en reservas a las que, si eres turista, debes pedir permiso para poder visitar, disminuyendo en número, rodeados en general de miseria y alcoholismo, salvo alguna tribu que ha tenido la ocurrencia de montar casinos para hombres y mujeres blancos, en las que ellos no son clientes y de las que están sacando grandes beneficios.

El libro explica cómo una y otra vez se firmaron tratados que siempre incumplieron los blancos, ya que, a pesar de ocurrir siempre, los jefes de las tribus no podían concebir que ningún dirigente faltase a su palabra. También cuenta cómo eran los grandes jefes y guerreros, que sólo dejaban la lucha cuando morían o eran conscientes de que, si seguían luchando, sólo conseguirían el exterminio de su pueblo; por desgracia, en muchas ocasiones éste era masacrado a pesar de la rendición, y Dee Brown describe con detalle cómo fueron las batallas y las masacres.

No es un libro amable, recuerdo que, cuando llegó a mis manos, tenía la costumbre de leer sobre todo en el metro mientras iba a trabajar, y en este caso tuve que dejar de hacerlo y terminar de leerlo en casa, porque me daba vergüenza llorar en público y no podía evitar hacerlo. Pero la historia de las civilizaciones y los imperios, aunque sean económicos, es, por desgracia, dura y desagradable. Antes de comenzar a leerlo hay que preguntarse qué se prefiere, si vivir con tranquilidad en la ignorancia o saber la verdad aunque duela. Yo apuesto por la verdad.